EL PRIVILEGIO
Y EL LUJO DE ENSEÑAR
Vocación, aquello que haces con tanta
pasión que, disfrutas sin medir el tiempo y el sacrificio. Y encima ganas tu
dinero, con la sensación de que, tus talentos tan sencillos para ti, son una
sensación distinta para los demás. Es vivir con esa capacidad de ser feliz orientando
a otros, que superen sus temores y tengan las bases para seguir evolucionando
en su largo caminar.
Todos tenemos dones sensacionales que la vida nos regaló, y esa es la labor de enseñar, no es más que, descubrir en los estudiantes esa capacidad oculta y que por temor se niegan a descubrir. Es enseñarles que son más de lo que imaginan, que son más cuando aceptan lo que son y que son más cuando aprenden a integrar esos dones en su diario vivir.
Debes tener la capacidad
de vivir de tus dones, pues, ese es tu privilegio de ser humano.
La labor de educar transcurre, casi siempre,
en un territorio invisible para la sociedad: el tiempo y el aula. Detrás de
cada logro visible de un estudiante, hay una infraestructura silenciosa
sostenida por dos pilares fundamentales: la
paciencia del maestro y su capacidad de amar a través de la alta expectativa.
Algo que siempre recalco a los estudiantes es: el gran privilegio que tengo es que, yo les informo de acuerdo a su edad y grado, si la información que te doy te sirve, bien. Si la información que te doy no te sirve, bien. No pasa nada, la información es información, y hay que tomarla así. Cuando la información es relevante, se opera un cambio en la mente de los estudiantes, y eso es un desafío para el maestro, porque está obligado a seguir preparándose.
Todo profesional de la educación y cualquier otra rama,
debe estar siempre preparado y actualizado, la formación permanente.
Mis respetos de corazón para aquellos
profesionales que se dedican a moldear a las almas tan pequeñas y sensibles en
los grados de inicial y primaria. Es un gran desafío y una gran responsabilidad
educar a los más pequeños. Secundaria es más sencillo y en la universidad es un
gran disfrute dialogar e intercambiar información con los futuros profesionales.
EL ARTE DE CULTIVAR EN EL
DESIERTO: Paciencia y Altas Expectativas.
Guiar el aprendizaje
de los estudiantes es un acto de fe. Educar no es llenar un vaso vacío, sino
encender un fuego que, a menudo, tarda en prender.
En ese proceso, la paciencia del educador no
es mera resignación ni una espera pasiva; la
paciencia pedagógica es un acto de resistencia. Es la decisión
diaria de no rendirse ante el desinterés transitorio, la frustración o el
error, entendiendo que el crecimiento humano no sigue una línea recta, sino un
mapa lleno de desvíos.
1. El amor pedagógico
como mirada de futuro.
El verdadero amor, empieza
por uno mismo “ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22,39), palabras
mayores del Maestro Jesús. Todo empieza por uno mismo, no en los demás. Propone que tratar a
los demás con el mismo respeto, empatía y compasión que uno aplica hacia sí
mismo es fundamental para una convivencia justa y armoniosa.
El amor de un maestro, su vocación de excelencia
y de servicio, no es sentimentalismo; es un compromiso ético y cognitivo. Amar a un estudiante
significa tener la capacidad de mirar a
través de su presente para descubrir su potencial.
Cuando un docente se
niega a etiquetar a un estudiante por su apatía actual o sus dificultades del
momento, está ejerciendo la forma más pura de respeto.
Este amor se traduce en una convicción
inquebrantable: «Sé quién
puedes llegar a ser, y no voy a dejar que te conformes con menos».
2. La paradoja de la
exigencia afectuosa.
Existe un falso dilema
que opone la empatía a la rigurosidad. Los maestros más memorables demuestran
que la verdadera calidez camina de la mano con la alta expectativa.
Esperar "lo más excelente" de cada
estudiante no significa imponer una norma rígida o estandarizada, sino exigirle
a cada uno el máximo desarrollo de su propia capacidad.
Cuando un maestro baja el listón por lástima,
despoja al estudiante de su dignidad. Por el contrario, cuando mantiene la
vara alta, pero le ofrece el andamiaje, el tiempo y el apoyo emocional para
alcanzarla, le está diciendo: «Eres capaz
de lograr cosas grandes».
3. La siembra a largo
plazo.
El drama —y la
belleza— de la docencia es que el maestro siembra semillas cuyas flores rara
vez llegará a ver.
La paciencia es aceptar que la
"excelencia" de ese estudiante quizás no florezca en el examen de la
próxima semana, ni en el trimestre en curso. Tal vez se manifieste años
después, cuando ese joven deba tomar una decisión ética crucial, liderar un
proyecto con justicia o mostrar empatía hacia un semejante.
CONCLUSIÓN
Esperar lo mejor de
los estudiantes es, en el fondo, devolverles
el reflejo de su propio valor, un valor que ellos mismos a veces no
alcanzan a ver debido a las inseguridades propias de la edad.
El maestro que ama y
tiene paciencia no busca el aplauso inmediato. Sabe que su firma no quedará plasmada
en un lienzo, sino en la estructura mental, el carácter y la autonomía de los
ciudadanos del mañana. Al final, la excelencia del estudiante es el eco
lejano de la confianza ciega que un día su maestro depositó en él.
“Si vas a educar, edúcate. Si quieres triunfar, prepárate.
Si quieres ser un excelente servidor,
ámate para dar lo mejor de ti”.
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