"RABBONI" – "RABBONI"
“MI MAESTRO” o “MAESTRO MÍO”
¡La vida ganó la
partida!
"Raboní" o Rabboni, es un término
arameo bíblico que significa "Maestro" o "Mi gran Maestro",
utilizado con gran afecto y respeto. Es famoso por ser la exclamación de María
Magdalena al reconocer a Jesús resucitado, Juan 20,16. Es un
título honorífico superior a Rabí, derivado de rabbon. Jesús es llamado "Rabboni" por el ciego de Jericó
(Marcos 10,51) y María Magdalena (Juan 20,16). Se traduce como "mi
maestro" o "maestro mío", indicando una relación personal
cercana. Este término subraya la conexión íntima y el reconocimiento de
Jesús como la máxima autoridad espiritual para el creyente.
El acontecimiento más importante de la fe
cristiana, se basa, en una palabra: Resurrección. Este es el centro de toda
nuestra vivencia religiosa. Sin ella, nada tiene sentido para el creyente. La
muerte, es un paso, un proceso, no el destino final. La muerte de Cristo tiene
su coronación en la resurrección. Solamente la resurrección ilumina el sentido
existencial del ser humano. Jamás, se entendió que la muerte de Cristo fuera un
fracaso, la percepción de Dios no es la percepción del hombre. “No
te preocupes por los fracasos, preocúpate por las oportunidades que pierdes
cuando ni siquiera lo intentas”. Jack Canfield.
El relato de la
resurrección de Jesús se encuentra en Mateo 28, 1 - 20. Narra cómo, al amanecer del domingo, un terremoto y un
ángel removieron la piedra del sepulcro, anunciando a María Magdalena y la otra
María que Jesús había resucitado. Jesús se aparece a las mujeres, y más tarde a
los discípulos en Galilea, encomendándoles la gran comisión.
Puntos clave del
relato de Mateo:
La Tumba Vacía (Mat.
28,1-8) Un ángel con aspecto de relámpago
remueve la piedra, provocando el temor de los guardias.
Se aparece a las
mujeres (Mat. 28,9-10) Mientras corren
a dar la noticia, Jesús sale a su encuentro; ellas abrazan sus pies y lo
adoran.
Soldados sobornados (Mat.
28,11-15) Los líderes religiosos sobornan a la
guardia para difundir el falso rumor de que el cuerpo fue robado.
La gran Misión (Mat.
28,16-20) Jesús se encuentra con los discípulos en
un monte en Galilea, afirma su autoridad universal y los envía a hacer
discípulos a todas las naciones.
En 1 Corintios 15,14 San Pablo afirma que, “Si
Cristo no resucitó, nuestra predicación es vana y también la fe”. Este
versículo subraya la centralidad de la resurrección de Jesús en el cristianismo,
sin ella, la fe carece de fundamento. La doctrina católica enseña que la
resurrección de Cristo es el pilar de la esperanza cristiana, garantizando la
vida eterna para los creyentes. Además, esta verdad confirma la autenticidad
del mensaje evangelizador y la misión de la Iglesia. La carta a los corintios
responde a dudas sobre la resurrección, reforzando que el sufrimiento, el dolor
y la muerte no tienen la última palabra.
Muchos han querido desmentir la resurrección, como el caso que cuenta Mateo 28, 13 "Los discípulos de Jesús
vinieron de noche y, como estábamos dormidos, se robaron el cuerpo”. Nada más sarcástico
y hasta cómico, que el “testimonio” de unos dormidos. Aún después de su
muerte, los enemigos de Jesús, no encontraban la paz, habían perdido el rumbo
con sus perversas intenciones, estaban totalmente desorientados, los “valientes”
líderes religiosos - políticos o los pastores, eran ovejas sin pastor, y contra
todo pronóstico, lo que creían haber “eliminado” se convirtió en su peor
pesadilla, pues, fue el inicio de su propia autodestrucción como pueblo “elegido
por Dios”.
Nunca entendieron, en su lógica y razonamiento
cerrado, que lo más importante, lo sustancial es el Espíritu, que exige una
mirada interna hacia el corazón, y que lo externo, las apariencias es lo
superfluo. Jesús, era Dios “revestido” de hombre. Por la “ceguera” de su
corazón, no reconocieron al verdadero Dios, hecho verdadero hombre. Aquí en
adelante, se exige un cambio radical de razonamiento y de sentido común, se
pide que tengamos una nueva perspectiva u óptica, porque cambia definitivamente
nuestro concepto sobre Dios. Ese dios antiguo, lejano, terrible, vengador,
inanimado, sin sentimientos, desaparece. El dios hecho a la medida de las
apetencias del hombre, que nunca se preocupa por la existencia humana,
desaparece.
La revelación del verdadero Dios, por medio de
su propio Hijo, también exige un cambio de mentalidad. No se puede hablar del
Dios de Jesucristo con la mentalidad del antiguo testamento. Ese dios antiguo
que da miedo, no es el Dios que nos revela Jesucristo, Dios se permite una
nueva elección, pues, “cambió” de pueblo, y los elegidos de aquí en adelante
serán, no según la carne, sino el Espíritu, nos lo dice Mateo 28,19-20: “Vayan,
pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el
Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo
lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días
hasta el fin de la historia”.
El mensaje es claro. El Dios de Jesús, es
radicalmente distinto, es divino y humano, tiene rostro, sentimientos. En Juan
10,30 Jesús dice: “El padre y yo somos uno” Este versículo es central en
la teología cristiana, ya que Jesús afirma su unidad de esencia, poder y
divinidad con Dios Padre. La reacción de los judíos a esta afirmación
provocó que intentaran apedrearlo nuevamente, acusándolo de blasfemia por
hacerse pasar por Dios siendo hombre. Esto subraya la íntima unión entre Jesús
y el Padre, indicando que tienen la misma naturaleza divina. (Ojo, por eso
decimos que, exige un cambio de mentalidad, un nuevo entendimiento, un nuevo
paradigma para entender a Dios)
El sentido común se impone. El Dios de Jesús,
es inmensamente cercano, es reflejo de la sustancia creadora como la
racionalidad, la moralidad, la creatividad, la capacidad de amar y el libre
albedrío, aquí se cumple Génesis 1,26-27 que dice: “creados a imagen y
semejanza de Dios”, Dios se identifica con cada uno de sus hermanos, ya lo
había demostrado, Jesús, con sus actos más sencillos cuando sanaba,
multiplicaba el pan y devolvía la paz por medio del perdón. En Mateo 25, 40 Y
el Rey les dirá: “En verdad les digo que cuanto
hicieron a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron”.
(Ojo, por eso decimos que, con la presencia y la revelación de Jesús, se nos muestra
cuál es la verdadera imagen de Dios)
El aparente
“fracaso” de Jesús en la Cruz, no era más que el principio de lo inevitable, la
vida eterna. Era el paso necesario para cruzar el puente hacia el lado opuesto.
Poco conocido, excepto, por las palabras del Maestro. El texto bíblico
fundamental sobre la resurrección se encuentra en Juan 11,25-26, donde
Jesús afirma: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque
esté muerto, vivirá». Este pasaje destaca la esperanza cristiana de la vida
eterna y la victoria sobre la muerte a través de la fe en Jesús. La muerte, el
mal, la soberbia, la desobediencia, el pecado, el diablo, fue destruido
paradójicamente con la muerte de Jesús en la cruz. La desobediencia de Adán fue
reparada por la obediencia de Jesús. (Demasiado tarde comprendió su error el
diablo, que permitió y no pudo evitar que Jesús muriera en la cruz, porque su
derrota fue definitiva)
Jesús habló del Reino de Dios como un dominio
espiritual que ya está presente en su ministerio, aunque aún no plenamente
establecido. En Lucas 4,43 afirma que, “fue enviado para anunciar la Buena
nueva del Reino”. El Reino exige una transformación interior, toca lo más
íntimo del corazón, como señaló cuando dijo que, quien no nazca de nuevo no
puede verlo (Nacer por medio del agua – Bautismo – y del Espíritu). A través de
su muerte y resurrección, Jesús venció el pecado y la muerte, inaugurando así
el Reino de forma real y anticipando su plena venida. Este Reino no es solo
futuro, sino que se manifiesta en su presencia, enseñanza y poder. El Reino
está presente en el corazón del creyente y desde dentro es transformado como
“hij@”.
Según la doctrina cristiana, el resucitado
asciende al cielo por su propio poder divino, y se sienta a la derecha del
Padre, marcando la glorificación de su humanidad y el inicio de su reinado
eterno. Este acto simboliza la entrada definitiva de la naturaleza humana de
Jesús en la intimidad divina. Con Cristo resucitado y glorificado, los bienes
celestiales son el verdadero tesoro del cristiano. Como bien lo expresa san
Pablo en su carta a los Colosenses 3, 1-2: “Si han resucitado con Cristo
(por el Bautismo), busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la
derecha de Dios. Aspiren a las cosas de arriba, no a las de la tierra”.
CIC.660. Catecismo Iglesia Católica. El
carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo se transparenta
en sus palabras misteriosas a María Magdalena: "Todavía [...] no he
subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro
Padre, a mi Dios y vuestro Dios" (Jn 20, 17). Esto indica una
diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo
exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y
transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.
CIC.663 Cristo, desde entonces, está
sentado a la derecha del Padre: "Por derecha del Padre entendemos la
gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes
de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado
corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada"
(San Juan Damasceno, Expositio fidei, 75 [De fide orthodoxa, 4, 2]: PG 94,
1104).
CIC.665 La
ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en
el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11),
aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres
(cf. Col 3, 3).
CIC.666 Jesucristo,
cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que
nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con Él
eternamente.
CIC.667 Jesucristo,
habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin
cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión
del Espíritu Santo.
Mensaje
final
El
corazón es la clave de la resurrección. (afuera la soberbia) Todo Reino de
Dios, nace y está en el corazón. Debemos tener un corazón humilde y sencillo con
buena vibra lleno de fe, esperanza y amor.
La
Resurrección, no es solo un evento histórico que pasó hace dos mil años; es la
prueba de que el amor siempre tiene la última palabra. Cuando Cristo
resucitó, no solo "volvió a la vida", sino que abrió una puerta que
nadie puede cerrar. Nos demostró que: El final no es el final. Ni el
miedo, ni los errores, ni la muerte misma pueden detener la luz.
Nuestra
propia "resurrección" está presente, cada vez que te levantas después
de una caída, cada vez que perdonas a quien te ofendió, cada vez que recuperas
la esperanza después del abandono. Resucitar hoy es entender que, gracias a Jesucristo,
tenemos permiso para volver a empezar las veces que sea necesario.
¡La vida ganó la partida!
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