sábado, 4 de abril de 2026

"RABBONI" – "RABBONI" = “MI MAESTRO” o “MAESTRO MÍO”

 


"RABBONI" – "RABBONI"

“MI MAESTRO” o “MAESTRO MÍO”

 

¡La vida ganó la partida!

"Raboní" o Rabboni, es un término arameo bíblico que significa "Maestro" o "Mi gran Maestro", utilizado con gran afecto y respeto. Es famoso por ser la exclamación de María Magdalena al reconocer a Jesús resucitado, Juan 20,16. Es un título honorífico superior a Rabí, derivado de rabbon. Jesús es llamado "Rabboni" por el ciego de Jericó (Marcos 10,51) y María Magdalena (Juan 20,16). Se traduce como "mi maestro" o "maestro mío", indicando una relación personal cercana. Este término subraya la conexión íntima y el reconocimiento de Jesús como la máxima autoridad espiritual para el creyente. 

 

El acontecimiento más importante de la fe cristiana, se basa, en una palabra: Resurrección. Este es el centro de toda nuestra vivencia religiosa. Sin ella, nada tiene sentido para el creyente. La muerte, es un paso, un proceso, no el destino final. La muerte de Cristo tiene su coronación en la resurrección. Solamente la resurrección ilumina el sentido existencial del ser humano. Jamás, se entendió que la muerte de Cristo fuera un fracaso, la percepción de Dios no es la percepción del hombre. “No te preocupes por los fracasos, preocúpate por las oportunidades que pierdes cuando ni siquiera lo intentas”. Jack Canfield.

 

El relato de la resurrección de Jesús se encuentra en Mateo 28, 1 - 20. Narra cómo, al amanecer del domingo, un terremoto y un ángel removieron la piedra del sepulcro, anunciando a María Magdalena y la otra María que Jesús había resucitado. Jesús se aparece a las mujeres, y más tarde a los discípulos en Galilea, encomendándoles la gran comisión. 

Puntos clave del relato de Mateo:

La Tumba Vacía (Mat. 28,1-8) Un ángel con aspecto de relámpago remueve la piedra, provocando el temor de los guardias.

Se aparece a las mujeres (Mat. 28,9-10) Mientras corren a dar la noticia, Jesús sale a su encuentro; ellas abrazan sus pies y lo adoran.

Soldados sobornados (Mat. 28,11-15) Los líderes religiosos sobornan a la guardia para difundir el falso rumor de que el cuerpo fue robado.

La gran Misión (Mat. 28,16-20) Jesús se encuentra con los discípulos en un monte en Galilea, afirma su autoridad universal y los envía a hacer discípulos a todas las naciones.

 

En 1 Corintios 15,14 San Pablo afirma que, “Si Cristo no resucitó, nuestra predicación es vana y también la fe”. Este versículo subraya la centralidad de la resurrección de Jesús en el cristianismo, sin ella, la fe carece de fundamento. La doctrina católica enseña que la resurrección de Cristo es el pilar de la esperanza cristiana, garantizando la vida eterna para los creyentes. Además, esta verdad confirma la autenticidad del mensaje evangelizador y la misión de la Iglesia. La carta a los corintios responde a dudas sobre la resurrección, reforzando que el sufrimiento, el dolor y la muerte no tienen la última palabra.

 

Muchos han querido desmentir la resurrección, como el caso que cuenta Mateo 28, 13 "Los discípulos de Jesús vinieron de noche y, como estábamos dormidos, se robaron el cuerpo”. Nada más sarcástico y hasta cómico, que el “testimonio” de unos dormidos. Aún después de su muerte, los enemigos de Jesús, no encontraban la paz, habían perdido el rumbo con sus perversas intenciones, estaban totalmente desorientados, los “valientes” líderes religiosos - políticos o los pastores, eran ovejas sin pastor, y contra todo pronóstico, lo que creían haber “eliminado” se convirtió en su peor pesadilla, pues, fue el inicio de su propia autodestrucción como pueblo “elegido por Dios”.

 

Nunca entendieron, en su lógica y razonamiento cerrado, que lo más importante, lo sustancial es el Espíritu, que exige una mirada interna hacia el corazón, y que lo externo, las apariencias es lo superfluo. Jesús, era Dios “revestido” de hombre. Por la “ceguera” de su corazón, no reconocieron al verdadero Dios, hecho verdadero hombre. Aquí en adelante, se exige un cambio radical de razonamiento y de sentido común, se pide que tengamos una nueva perspectiva u óptica, porque cambia definitivamente nuestro concepto sobre Dios. Ese dios antiguo, lejano, terrible, vengador, inanimado, sin sentimientos, desaparece. El dios hecho a la medida de las apetencias del hombre, que nunca se preocupa por la existencia humana, desaparece.

 

La revelación del verdadero Dios, por medio de su propio Hijo, también exige un cambio de mentalidad. No se puede hablar del Dios de Jesucristo con la mentalidad del antiguo testamento. Ese dios antiguo que da miedo, no es el Dios que nos revela Jesucristo, Dios se permite una nueva elección, pues, “cambió” de pueblo, y los elegidos de aquí en adelante serán, no según la carne, sino el Espíritu, nos lo dice Mateo 28,19-20: “Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia”.

 

El mensaje es claro. El Dios de Jesús, es radicalmente distinto, es divino y humano, tiene rostro, sentimientos. En Juan 10,30 Jesús dice: “El padre y yo somos uno” Este versículo es central en la teología cristiana, ya que Jesús afirma su unidad de esencia, poder y divinidad con Dios Padre. La reacción de los judíos a esta afirmación provocó que intentaran apedrearlo nuevamente, acusándolo de blasfemia por hacerse pasar por Dios siendo hombre. Esto subraya la íntima unión entre Jesús y el Padre, indicando que tienen la misma naturaleza divina. (Ojo, por eso decimos que, exige un cambio de mentalidad, un nuevo entendimiento, un nuevo paradigma para entender a Dios)

 

El sentido común se impone. El Dios de Jesús, es inmensamente cercano, es reflejo de la sustancia creadora como la racionalidad, la moralidad, la creatividad, la capacidad de amar y el libre albedrío, aquí se cumple Génesis 1,26-27 que dice: “creados a imagen y semejanza de Dios”, Dios se identifica con cada uno de sus hermanos, ya lo había demostrado, Jesús, con sus actos más sencillos cuando sanaba, multiplicaba el pan y devolvía la paz por medio del perdón. En Mateo 25, 40 Y el Rey les dirá: “En verdad les digo que cuanto hicieron a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron”. (Ojo, por eso decimos que, con la presencia y la revelación de Jesús, se nos muestra cuál es la verdadera imagen de Dios)

 

El aparente “fracaso” de Jesús en la Cruz, no era más que el principio de lo inevitable, la vida eterna. Era el paso necesario para cruzar el puente hacia el lado opuesto. Poco conocido, excepto, por las palabras del Maestro. El texto bíblico fundamental sobre la resurrección se encuentra en Juan 11,25-26, donde Jesús afirma: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá». Este pasaje destaca la esperanza cristiana de la vida eterna y la victoria sobre la muerte a través de la fe en Jesús. La muerte, el mal, la soberbia, la desobediencia, el pecado, el diablo, fue destruido paradójicamente con la muerte de Jesús en la cruz. La desobediencia de Adán fue reparada por la obediencia de Jesús. (Demasiado tarde comprendió su error el diablo, que permitió y no pudo evitar que Jesús muriera en la cruz, porque su derrota fue definitiva)

 

Jesús habló del Reino de Dios como un dominio espiritual que ya está presente en su ministerio, aunque aún no plenamente establecido. En Lucas 4,43 afirma que, “fue enviado para anunciar la Buena nueva del Reino”. El Reino exige una transformación interior, toca lo más íntimo del corazón, como señaló cuando dijo que, quien no nazca de nuevo no puede verlo (Nacer por medio del agua – Bautismo – y del Espíritu). A través de su muerte y resurrección, Jesús venció el pecado y la muerte, inaugurando así el Reino de forma real y anticipando su plena venida. Este Reino no es solo futuro, sino que se manifiesta en su presencia, enseñanza y poder. El Reino está presente en el corazón del creyente y desde dentro es transformado como “hij@”.

 

La resurrección de Jesús es el núcleo de la fe cristiana, celebrada como la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte. Jesús, es el nuevo Adán. Más que un hecho histórico, representa el "sí" de Dios a la vida y enseñanzas de Jesús, validando su divinidad y ofreciendo esperanza de una nueva vida eterna para la humanidad. Jesús presenta el Reino como algo que se cumple en su propia obra. Su muerte vence el pecado y su resurrección inaugura la vida nueva. Por eso, cuando Jesús resucita, no solo “salva” a las personas, abre la etapa en la que Dios Reina efectivamente sobre el mal. 

 

Según la doctrina cristiana, el resucitado asciende al cielo por su propio poder divino, y se sienta a la derecha del Padre, marcando la glorificación de su humanidad y el inicio de su reinado eterno. Este acto simboliza la entrada definitiva de la naturaleza humana de Jesús en la intimidad divina. Con Cristo resucitado y glorificado, los bienes celestiales son el verdadero tesoro del cristiano. Como bien lo expresa san Pablo en su carta a los Colosenses 3, 1-2: “Si han resucitado con Cristo (por el Bautismo), busquen las cosas de arriba, donde está Cris­to sentado a la derecha de Dios. Aspi­ren a las cosas de arriba, no a las de la tierra”.

 

CIC.660. Catecismo Iglesia Católica. El carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: "Todavía [...] no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios" (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.

 

CIC.663 Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: "Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada" (San Juan Damasceno, Expositio fidei, 75 [De fide orthodoxa, 4, 2]: PG 94, 1104).

 

Resumen

CIC.665 La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3).

 

CIC.666 Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con Él eternamente.

 

CIC.667 Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo.

 

Mensaje final

El corazón es la clave de la resurrección. (afuera la soberbia) Todo Reino de Dios, nace y está en el corazón. Debemos tener un corazón humilde y sencillo con buena vibra lleno de fe, esperanza y amor.

 

La Resurrección, no es solo un evento histórico que pasó hace dos mil años; es la prueba de que el amor siempre tiene la última palabra. Cuando Cristo resucitó, no solo "volvió a la vida", sino que abrió una puerta que nadie puede cerrar. Nos demostró que: El final no es el final. Ni el miedo, ni los errores, ni la muerte misma pueden detener la luz.

 

Nuestra propia "resurrección" está presente, cada vez que te levantas después de una caída, cada vez que perdonas a quien te ofendió, cada vez que recuperas la esperanza después del abandono. Resucitar hoy es entender que, gracias a Jesucristo, tenemos permiso para volver a empezar las veces que sea necesario.

¡La vida ganó la partida!

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