domingo, 1 de febrero de 2026

FUMADOR EMPEDERNIDO

 


FUMADOR EMPEDERNIDO

 

Todo empieza en casa, como la mayoría de vivencias que tiene uno desde que nace. Y duró aproximadamente 40 años. Cuarto año de secundaria, tenía una relación de respeto y cercanía con mi viejo, Istán. Él fumaba, recuerdo, desde que yo tenía uso de razón. Por aquel entonces, algunos recordarán que, en muchos espacios públicos, incluyendo el aula, los profesores fumaban. Aunque con mis compañeros de aquel entonces, no fumábamos en el aula, lo hacíamos en mancha en la calle o después de un partido de fulbito.

 

En una fiesta familiar en casa. Me atreví a decirle a Istán, con cierto temor, pero decidido ¿puedo fumar? Me miró, no noté ningún asombro, parece que ya sabía, y dijo, claro. En el bolsillo de mi camisa, tengo una cajetilla, saca los cigarrillos que quieras. Primera vez que fumaba en casa, por supuesto, con roche delante de gente mayor. Imagínate, tenía la aprobación de mi viejo, y eso parecía como si hubieras logrado algo muy importante en la vida adolescente.

 

No se hablaba de fumadores. Nadie culpaba a nadie. Era algo casi cotidiano, en mi ambiente, el fumar. No existía la información que tenemos ahora. Fumaba no para controlar los nervios, ni para el frío, ni el hambre; simplemente, fumaba por placer, por etiqueta social, sentirme especial haciendo de mono a la moda, eso era todo, y era algo tan romántico que, todo era un rito, con horarios y lugares específicos.

 

Me encantaba la ensalada de lechuga, con algo de limón y vinagre blanco, me alegraba el alma y el estómago, era como un bálsamo para mi organismo, no podía faltar en mis comidas este plato. Con el tiempo comprendí, casi sin darme cuenta que, era como un secreto para contrarrestar la nicotina en mi cuerpo. No hay ningún estudio sobre esto, era mi medicina placebo, ya sabes que, todo placebo funciona para quien cree, me gustaba y le daba el significado de sanación.

 

Fumaba en aquel entonces, Premier que, para mí, era más “agradable” que el Hamilton, según mi apreciación de catador de tabaco. Para mí cuanto más fuerte el cigarrillo mejor. El primero era más fuerte y con ello me gustaba “golpear”, que era tragarse el humo y botarlo lentamente mientras se habla; el segundo, me daba nausea. En comparación con algunos compañeros que fumaban, en mi caso, no había mareos ni pérdida del equilibrio. Ojo, tampoco me hacía “volar” como algunos me comentaban. Oler a tabaco era lo máximo.

 

Después se descubrieron algunos estudios sobre los daños del fumar. Mi viejo hacía rato había dejado de fumar, aunque en alguna fiesta el vicio volvía y yo era el proveedor, Istán, si quieres fumar le decía, en el bolsillo de mi camisa tengo algunos cigarrillos. Dicho y hecho, mi viejo fumando como chino en quiebra con algunas copas, y zapateando como un chiquillo disfrutando del baile. Diversión asegurada con cigarrillos y alcohol. La pasábamos bien. Buen trago y buena comilona, no faltaba un patito “mechado”, pato frito en una olla llena de aceite, que él mismo preparaba.

 

La lucha interna para dejar de fumar. Mis hábitos diarios se reforzaban con horarios establecidos. Después de cada comida, iba a mi cuarto, descubría mis tesoros en botellas de PVM llenas de tabaco borronco, con ese nombre compraba un mazo de hojas prensadas de tabaco puro, que me rendía unas 10 botellas de plástico de PVM, aproximadamente para medio año, yo mismo los preparaba con hojas finas para envolver azúcar. Papel de despacho lo llamaban en las tiendas. Un papel casi transparente, excelente para el cigarrillo casero. Todo un maestro preparando los puros.

 

Promesas que se rompen por falta de voluntad. El vicio se adquiere poco a poco, como jugando, y sin darme cuenta había comprobado que, cuando trataba de dejar el cigarrillo me era difícil. Tenía lo que llaman las recaídas o el síndrome de la abstinencia. Wow, qué complicado había sido dejar de fumar. Era una sensación de angustia y desesperación. Una lucha interna permanente, era como un tira y afloja. Avanzas y retrocedes. Lo logrado o casi logrado, volvía a cero para “recuperar” la abstinencia de algunos días o semanas. Era el volver al vicio como un desfogue emocional.

 

El autoengaño. Dejaba cajetillas de cigarrillos a la vista, en mi habitación. Trataba de engañar al cerebro o mejor dicho, buscaba engañarme a mí mismo.  Curiosamente, dejaba alguna cajetilla o algún cigarrillo a la vista y estaba calmado. Tranquilo, como diciéndome, nada te falta, lo tienes a la vista, lo puedes fumar cuando quieras. Muy parecido, a los experimentos que hacen con los niños dándoles caramelos y diciéndoles “no toques nada”. Y los observan a ver qué hacen con las bandejas llenas de dulces. Para comprobar si son capaces de posponer la recompensa inmediata. Te ofrecen la tentación y te dicen que no lo hagas. Bien cojudo este jueguito.  

 

Cansancio para hacer deporte. Uno de los primeros síntomas, en mi caso, era que, a mí me gustaba jugar fulbito con los patas del barrio, pero, después de unos 10 minutos de juego, estaba totalmente exhausto, cansadísimo, jadeando y buscando donde sentarme. Lo mismo me pasaba cuando caminaba en una excursión o cuando íbamos de campamento con la familia.

 

En algunas oportunidades, iba caminando por la calle, y no me importaba sentarme en alguna vereda para descansar, además, caminaba despacio para no cansarme, me obligada a estar en movimiento, creo que esto fue mi salvación. No me rendía. Me costaba comer, había perdido el apetito, más flaco no podía estar, había las ganas de un cambio, pero muy poca fuerza de voluntad.

 

Rolando, recuerdo que era un gran amigo, un excelente profesional, amante de la naturaleza y de los paseos a pie por la montaña, pero, también era un empedernido fumador, yo a su lado era un aprendiz, estuvo en Lima por una infección pulmonar, que fue fulminante para su salud. Regresó para despedirse de su familia y de algunos amigos. Estuve presente en sus últimos días, su voz era muy bajita, hasta que finalmente la perdió, y lo perdimos para siempre.

 

Después de muchos años de lidiar con mi vicio, y sin ninguna ayuda de terapia, simplemente a fuerza de voluntad dejé el cigarrillo, me decía a mí mismo, tú te metiste en el vicio, Mike, tú eres el único responsable de salir de esto, así que déjate de huevadas, y para adelante. Después de cuarenta años, fue un despido doloroso porque los recuerdos siempre regresaban. Y poco a poco, recompensándome por los pequeños logros, ya es ahora parte de mis recuerdos.

 

Finalmente, todo vicio personal empieza casi sin darnos cuenta, como jugando, entre broma y broma, no pasa nada o simplemente hay que probar, etc. A mi me pasó con el cigarrillo, a otros con la marihuana, la cocaína, el robo, los asaltos, el sexo desenfrenado, las parejas tóxicas, el alcohol, etc. ¿Qué te puedo aconsejar? Nada. Cada cual tiene su propia historia que contar y sus vicios que superar. Cada uno es dueño de su materia corporal y de sus elecciones individuales. Déjate de culpar a los demás, supérate a ti mismo cada día. Esa es tu historia que espero que me la contarás.

 

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