ENCÍCLICA “MAGNIFICA
HUMANITAS” PAPA LEÓN XIV
LA MAGNÍFICA HUMANIDAD.
Lo que Dios ha creado
se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel
(Génesis 11:1-9) o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos.
Cimentados en Cristo, la piedra viva, experimentamos la acción poderosa y
misteriosa del Espíritu Santo, y creemos que todo esfuerzo humano auténtico por
cooperar con Él en pro del bien será bendecido por el Padre celestial, en quien
ponemos nuestra esperanza.
Con este espíritu, en 1891 León XIII publicó
la Encíclica Rerum novarum, cuyo 135° aniversario celebramos este año con
profunda gratitud. Con ese documento, mi querido Predecesor impulsó aquella
reflexión sobre la sociedad, la economía y la política que hoy llamamos “Doctrina
social de la Iglesia”.
LAS “RES
NOVAE” DE NUESTRO TIEMPO.
Si en su momento León
XIII hablaba de “nuevos asuntos” (RERUM NOVARUM), hoy no podemos
limitarnos simplemente a repetir sus valiosas enseñanzas, sino que debemos
pedirle a Dios la sabiduría para interpretar las grandes tendencias de nuestro
tiempo, en particular los avances de la técnica. En los últimos años se ha
hecho cada vez más evidente cuán rápida y profundamente la digitalización, la
inteligencia artificial (IA) y la robótica están transformando nuestro mundo.
YA LO DIJO
EL PARA FRANCISCO.
Ahora nos corresponde
asumir con lucidez y responsabilidad los retos de nuestro tiempo. Es necesario
adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia
y de contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico. Pero la
cuestión no se limita a la regulación. Como advertía el Papa Francisco, debemos
preguntarnos con realismo quién detenta hoy ese poder y hacia qué fines lo
orienta: «No podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la
informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que
hemos adquirido […] dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder
económico para explotarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la
humanidad y del mundo entero».
PREGUNTAS
DECISIVAS.
Precisamente por eso
se imponen en nuestra conciencia preguntas decisivas, que ya no pueden
eludirse: ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué
dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?
DOS IMÁGENES
BÍBLICAS.
Para responder a estas
preguntas y discernir cómo vivir con responsabilidad en la era de la IA, me
gustaría evocar dos imágenes bíblicas: la construcción de la torre de Babel
(cf. Gn 11,1-9) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cf. Ne 2-6). En
el libro del Génesis, el relato de Babel se sitúa en los orígenes de la
humanidad, inmediatamente después de las genealogías de los hijos de Noé. Los
seres humanos, habiéndose establecido en la llanura de Senaar, deciden
construir una ciudad y una torre «cuya cúspide llegue hasta el cielo»
(Gn 11,4). Quieren así asegurarse estabilidad y poder, y sobre todo “perpetuarse
un nombre”, temiendo ser dispersados por la tierra. La empresa parece
imponente: una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección. Sin
embargo, el proyecto esconde un profundo engaño: es una obra concebida sin
referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y
que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización. Cuando la ciudad se
edifica sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, la
comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se
comprenden. El resultado no es la unidad, sino la dispersión. Babel revela así
el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la
absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la
dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo
sin la bendición de Dios.
REFLEXIÓN.
Nos habla de la
inteligencia humana para alcanzar el conocimiento del Creador y de lo creado,
somos energía del universo, de la Fuente de la vida, somos creación con capacidad
transformadora de la realidad. No es que la “máquina” sea nuestra enemiga,
sino, una aliada. No está por encima de la dignidad humana, sino, al servicio
del hombre. Por lo tanto, es su servidora. Jamás una máquina tendrá dignidad ni
conciencia ni sentimientos ni creatividad ni amor. Jamás dará vida paterna y
materna. La máquina es “algo” y está programada anticipadamente y nada
más que ello.
Por más “perfecta”
que ésta sea, es simplemente una máquina que, nos puede dar muchísima información
y facilitar la vida, ganando tiempo en las búsquedas. Pero, nada más. Por ello,
la reflexión nos llama a no perder el verdadero sentido humano de lo creado. El
peligro de la ciencia, es “arrastrar” al hombre a condicionarlo a una forma
de pensar y vivir, y esto es lo que, no quiere reconocer ni creo que lo haga,
por intereses particulares, quiere construir su propia torre de Babel, “imponiendo”
su “saber” a la humanidad. La ciencia no tiene la verdad absoluta y
menos debe imponerla a nadie. Su gran problema es querer jugar a ser dios.
La ciencia busca “cosificar” y “robotizar” al hombre y tratarlo como un ser simplemente terrenal y sin trascendencia. Pero somos exactamente todo lo contrario de lo que quiere la ciencia. Somos todos básicamente seres trascendentes que dejamos huella en la vida, la familia, la sociedad. Somos cocreadores y creadores y transformadores de nuestra propia realidad. El ser humano no debe estar sometido a ninguna fuerza externa, que le “imponga” un estilo de vida que no le corresponde por su racionalidad y emocionalidad. La ciencia no es dios y nunca lo será. La ciencia es, sobre todo, conocimiento humano y su especificidad es, descubrir y dar a conocer lo creado por la Fuente de la vida.
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