¿Tú darías la vida por un
muerto?, ¿invitarías a tomar un café hoy al bisabuelo de tu bisabuelo?, ¿serías
capaz de preguntarle su opinión sobre la decisión más importante de tu vida a
alguien que dejó este mundo hace miles de años? Probablemente no.
Lo más común es que cuando
damos la vida por alguien, sea una persona viva. Consultamos a los vivos, no a
los muertos, al tomar una decisión importante. Invitamos a pasar un tiempo
junto a los vivos no a los muertos.
¿Sabes? Hoy muchas
personas me tratan como si estuviera muerto. Dicen con los labios que creen en
mi resurrección, muchos de ellos se dicen cristianos, seguidores míos, pero
para ellos no soy más que un personaje del pasado, una persona que quizá fue
buena y ayudó a otros hace mucho tiempo, pero que ahora no pude hacer nada. Eso
me lastima.
Me tratan como si
estuviera muerto. No se dan cuenta que siempre estoy a su lado. Son como mis
discípulos que, aunque se los dije muchas de veces, no terminaban de creer que
yo estuviera vivo y me trataban igual que muchas personas hoy en día.
ESTOY VIVO. Date cuenta de
que te amo y puedo - y quiero hacer - mucho bien por y en ti. Déjame entrar en
tu vida, mira que estoy vivo.
La oración humilde del
hijo, que nosotros podemos hacer, es:
"Padre, atráeme hacia
Jesús; Padre, condúceme a conocer a Jesús”.
Y el Padre enviará al
Espíritu a abrir nuestro corazón y nos llevará hacia Jesús. Un cristiano que no
se deja atraer por el Padre hacia Jesús es un cristiano que vive una situación
de huérfano; y nosotros tenemos un Padre, no somos huérfanos.
Hay que dirigirse al Padre
como nos enseñó Jesús -"Padre nuestro, que estás en el cielo..."- y
pedir la gracia de ser atraídos hacia Jesús.
(Homilía de S.S. Francisco,
19 de abril de 2016, en santa Marta)
"Voy a pescar" -
dijo Pedro. Casi se puede escuchar el tono de alguien que regresa a la rutina,
en donde se hace lo que se tiene que hacer porque se tiene que hacer y nada
más.
Parece que Pedro experimentó el aburrimiento del
hombre que ha estado en la cima de una montaña y ha contemplado el paisaje; y
ahora se tiene que contentar con ver ese mismo paisaje en una fotografía.
Voy a pescar, es decir,
vuelvo a mi trabajo, vuelvo a hacer lo que en sí me gusta hacer, pero... ya no
es lo mismo... no encuentra el sentido.
Pedro había conocido a
Cristo. Vivió con Él, comió junto a Él; lo escuchó..., lo traicionó, lo amó;
era su amigo. De repente se ve sin Él, se ve sin el amigo que a su vida le dio
sentido; el amigo que alguna vez le dijo: "desde ahora ya no solo serás pescador,
sino que serás pescador de hombres..., uno de los apóstoles, mi discípulo, mi
amigo."
"Es el Señor".
Pedro no piensa nada, simplemente actúa y lo primero que hace es dirigirse
hacia lo único que le hace falta, hacia lo único importante..., se dirigió
hacia el Amigo. De la nada, la rutina de la vida desaparece. El aburrimiento se
olvida. No es una fotografía..., es el verdadero paisaje.
Esto es lo que significa
la resurrección. La vida verdaderamente cobra un sentido; aparece un horizonte
hacia dónde dirigir la vida. Un horizonte que tiene un nombre específico: Cristo.
El relato se sitúa en el
marco de la vida cotidiana de los discípulos, que habían regresado a su tierra
y a su trabajo de pescadores, después de los días tremendos de la pasión,
muerte y resurrección del Señor. Era difícil para ellos comprender lo que había
sucedido. Pero, mientras que todo parecía haber acabado, Jesús va nuevamente a
"buscar" a sus discípulos.
Es Él quien va a
buscarlos. Esta vez los encuentra junto al lago, donde ellos habían pasado la
noche en las barcas sin pescar nada. Las redes vacías se presentan, en cierto
sentido, como el balance de su experiencia con Jesús: lo habían conocido, habían
dejado todo por seguirlo, llenos de esperanza... ¿y ahora?
Sí, lo habían visto
resucitado, pero luego pensaban: "Se marchó y nos ha dejado... Ha sido
como un sueño...
Una
de las experiencias más enriquecedoras que podemos tener, como seres humanos,
es el poder experimentar la verdadera paz en el corazón, una paz que nos da
serenidad, tranquilidad, alegría, goce; pero que a su vez es una paz difícil de
encontrar. Muchas veces nos parece ajena, imposible en los momentos de
dificultad, sentimos temor, nos encontramos desconcertados como lo estuvieron
también los apóstoles, nos surgen preguntas, ya que no tenemos las seguridades
humanas y, por tanto, no sabemos qué sucederá.
Ante
estos momentos, de incertidumbre o de pérdida de paz, el Señor hoy nos quiere
mostrar dos maneras de vivir que nos pueden ayudar.
En
primer lugar, hay que poner en práctica la visión sobrenatural de fe, lo cual
quiere decir que, si Jesucristo murió y resucitó por cada uno de nosotros, Él
es la fuente de la paz; lo único que tenemos que hacer es confiar más en Él
pues su muerte es redención de aquello que nos quita la paz, el pecado.
En
segundo lugar, para no perder la paz, tenemos que conservar en todo momento la
esperanza, pues por Dios hemos sido creados y, por ende, nuestro corazón está
inquieto hasta que descanse en Él como nos enseña san Agustín. "La paz os
dejo, mi paz os doy; Yo no os la doy como el mundo la da."(Juan 14,27)
En
la Cruz, ha cargado con todo el mal del mundo, también con los pecados que
generan y fomentan las guerras: la soberbia, la avaricia, la sed de poder, la
mentira... Jesús ha vencido todo esto con su resurrección. Cuando se apareció
en medio de sus amigos les dijo: "Paz a vosotros" (Jn 20,19.21.26).
Nos lo repite también a nosotros aquí, en esta noche: "Paz a
vosotros".
Sin
ti, Señor, vana sería nuestra oración y engañosa nuestra esperanza de paz. Pero
tú estás vivo y obras para nosotros y con nosotros; tú, nuestra paz.
(Homilía de S.S. Francisco,
23 de noviembre de 2017)
Podemos vivir la Semana
Santa y el Domingo de Resurrección, como si nada importante haya pasado.
Podemos continuar viviendo como estamos acostumbrados, pero todo lo que pasó no
es un cuento para asustarnos, es un hecho verdadero lleno de amor.
Cristo ha padecido, ha
muerto y ha resucitado, pero se ha quedado junto a nosotros en la Eucaristía,
que es el lugar donde reconocemos su victoria sobre la muerte. Cristo
Eucaristía es Cristo vivo, es Cristo resucitado.
Un cristiano que sabe que
Cristo está presente en la hostia, no puede ser un cristiano triste, pues un
santo triste es un triste santo. La Eucaristía es signo de alegría, de paz y de
amor. Vemos en este pasaje sobre los discípulos de Emaús, que fue en el momento
de partir el pan, cuando reconocieron a Cristo. Su tristeza pasó a ser una gran
alegría, tanto así que, en ese momento, regresaron a Jerusalén para
transmitirles a los apóstoles aquello que habían vivido.
Nosotros, después de haber
vivido la Pascua, y saber que Cristo Eucaristía ha llenado mi corazón de
alegría, ¿estamos transmitiendo aquello que vivimos en la Vigilia Pascual? No
dejemos pasar esta Pascua sin recordar en cada momento que la Santa Eucaristía
es la garantía del amor de Dios hacia nosotros.
Partir: esta es la otra
palabra que explica el significado del "haced esto en memoria mía".
Jesús se ha dejado "partir", se parte por nosotros. Y pide que nos
demos, que nos dejemos partir por los demás. Precisamente este "partir el
pan" se ha convertido en el icono, en el signo de identidad de Cristo y de
los cristianos. Recordemos Emaús: lo reconocieron "al partir el pan".
Recordemos la primera comunidad de Jerusalén: "Perseveraban [...] en la
fracción del pan". Se trata de la Eucaristía, que desde el comienzo ha sido
el centro y la forma de la vida de la Iglesia. (Homilía de
S.S. Francisco, 26 de mayo de 2016)
La reflexión de hoy
muestra que el encuentro con Cristo resucitado cambia las lágrimas en alegría.
Para que esto suceda hay que buscar a Cristo tal como hizo María Magdalena.
Jesús sabía que le buscaba por eso se acerca esperando que vuelva sus ojos a Él,
y en el momento que le ve le pregunta, ¿a quién buscas?
Esta pregunta Jesús la
dirige a cada un@ de nosotr@s, quiere que veas en tu corazón y respondas; es
fácil responder "te busco a ti, Señor", pero existe la posibilidad
que te busques a ti mism@ o busques a otra persona y, aun así, Jesús se acerca
para que te des la oportunidad de verle y reconocerle y, al igual que María, te
llenes de gozo y puedas decirle "¡Rabuní!" al momento que le escuches
decir tu nombre, en tu corazón o de forma audible.
No temas en preguntarte a
quién buscas, pues Jesús está a tu lado esperando que tu mirada y la de Él se
encuentren. Que al igual que María Magdalena, quien fue la primera en anunciar
el kerigma = Buena nueva, puedas decir como los primeros cristianos: ¡Cristo ha
resucitado!, y escuchar: ¡Verdaderamente ha resucitado!
¡Qué bonito es pensar que
la primera aparición del Resucitado -según los Evangelios- sucedió de una forma
tan personal! Que hay alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y
desilusión, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre.
Nos
dice Calderón de la Barca, “la vida es un sueño y los sueños, sueños son”. Una
gran parte de nuestra vida nos la pasamos durmiendo. Que en palabras de Jesús
la muerte es un sueño, cuando le dicen, Señor, el amigo a quien amas está
enfermo. Jesús dice, no se preocupen la enfermedad de Lázaro no es de muerte, y
luego de tres días, inesperadamente Jesús les recuerda a sus discípulos, vamos
a despertar a Lázaro porque él duerme.
La
tercera parte de la vida de una persona es dormir, si se tiene 30 años, 10 años
ha dormido o ha experimentado la muerte temporal. Nos dice el cantante Enmanuel
en una de las letras de su canción “quiero dormir cansado y no despertar jamás,
quiero dormir eternamente y no despertar llorando con la pena de no verte”.
Muchísimas
personas no pueden dormir y sufren por ello, porque necesitan estar “pilas cada
día”. Pero muchos padres de familia, sin saberlo están condenado a sus hij@s
con celulares en mano, a no dormir o dormir demasiado tarde, y cuando deben
estar alegres, felices, llenos de vida cada día, están tristes, amargad@s,
coléric@s por falta de sueño. Los están envejeciendo antes de tiempo, por eso,
son niñ@s y jóvenes viej@s, con el rostro cansado.
EL
TÉRMINO INMORTALIDAD
Jesús
no inventó el termino inmortalidad, sino que cinco mil años antes del
nacimiento de Jesús, ya los filósofos griegos: Sócrates, Platón, Aristóteles y
otros más, ya hablaban de la inmortalidad del alma, y muchas culturas como la
egipcia, los mesopotámicos, los arameos, los romanos, los incas, los mayas ya
rendían culto a sus difuntos, dándoles los honores que correspondían, dándole
un significado especial a la muerte con la esperanza de la resurrección.
El
escritor ruso, León Tolstoi, hablando sobre la fe dice “solamente la fe es
capaz de dar sentido a la actividad humana. Toda persona siempre cree en algo
para actuar”. El mismo filósofo Jean Paul Sastre a pesar de su nausea, “lo más
perverso que Dios ha creado, es el hombre”, cuestiona a Dios sin negarlo. Y
Tomás Hobbes dice “el hombre es un lobo para el hombre”. Y el mismo Blas
Pascual cuenta que, uno de sus discípulos le dice “maestro hemos abierto miles
de cadáveres y nunca hemos encontrado el alma”, y el maestro le responde
“cuando muera tu madre, ábrela en miles de pedacitos y a ver si encuentras el
amor que tanto te tuvo en vida”.
Hay
una dimensión espiritual en el hombre que no se puede ver, ni palpar… por los
sentidos. El aire no lo veo, y no tiene ningún sentido negarlo. El pensamiento
no lo veo…, la palabra que pronuncio no la veo…, los sentimientos que tengo no
los veo…, el bebe que una madre embarazada lleva no lo veo…, la inmensidad del
universo no lo conozco…, del poder del agua, del fuego, del viento…, y muchas
cosas de sentido común en la vida, simplemente porque no soy capaz de ver,
conocer, entender… no tiene ningún sentido el negarlos.
De
las religiones existentes, solamente el cristianismo nos habla de la
resurrección, poniendo como testimonio la de Jesús. El campesino cuando siembra
su papa, su maíz, etc., tiene que enterrar el grano bajo tierra, para dar a luz
la nueva planta, y espera con paciencia hasta que nace; de manera semejante, el
cuerpo, este cuerpo, tu cuerpo, mi cuerpo tiene que morir para dar paso a la
nueva vida, la resurrección, de la cual Cristo es el primogénito de la
creación.
APARICIONES
DE JESÚS
A
MARÍA MAGDALENA. La hermana de Lázaro y Marta, fue la
única que se atrevió a ungir a Jesús aun estando en vida. Una de las
privilegiadas para ver Jesús resucitado, aunque aparentemente confundió a Jesús
por el jardinero a quien dice “señor, si tú lo has llevado, dime donde lo has
puesto y me lo llevaré”, entonces aquel oído acostumbrado a escuchar el timbre
de voz del Maestro, dice “María”, ella responde “Rabboni” = “Maestro”.
Indescriptible
alegría lo que ella experimentó. Es la discípula atenta, persistente y fiel que
jamás dudó de las palabras del Maestro y sin importarle las “habladurías” fue a
buscarlo y lo encontró transformado, aunque es el mismo, al mismo tiempo ya no
lo es, por algo ella lo confundió con otro, es el Cristo resucitado que aparece
por la vida.
A
LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS. Estando dos de los discípulos tristes,
cabizbajos y camino a Emaús. De pronto un peregrino los acompaña y les hace
preguntas que ellos no entienden, y se cuestionan, cómo un peregrino no se ha
enterado de los últimos acontecimientos graves como la muerte de Jesús de
Nazaret. Y mientras caminan aquel peregrino les explica admirablemente las
escrituras y lo referido sobre el Mesías.
Llegan
a su destino, lo invitan a pasar la noche y sentados a la mesa, aquel
peregrino, los vuelve a sorprender y hace un gesto sumamente conocido y
familiar para ellos, toma el pan, lo bendice, lo parte y lo reparte, entonces,
sus ojos se abren y reconocen al Maestro, que desaparece a su vista.
Sus
presentimientos son reales “¿acaso no ardía nuestro corazón mientras nos
hablaba por el camino?” Y es justamente en la caminata, la comida y en la
fracción del pan, donde por los gestos lo reconocen, mientras sus ojos y sus
oídos no eran suficientes para descubrir la nueva apariencia de Cristo
resucitado que nos acompaña por la vida.
DISCÍPULOS
DE PESCA. Pedro, Juan, Santiago y otros discípulos
desolados por la ausencia del Maestro. Pedro dice “voy a pescar”, los demás le
responden “vamos contigo”. Toda la noche pescando, no hay pescado. Llega la
madrugada y una voz en la orilla les dice “¿tienen pescado?” “lancen la red a
la derecha, y la pesca fue espectacular”. Juan dice a Pedro, es el Maestro, y
Pedro, se lanza al mar para nadar hacia la orilla.
Comparten
el desayuno. Y aquella mañana, el Maestro le hará a Pedro tres veces la misma
pregunta “¿me amas?” y al final le ratifica la misión “apacienta mis ovejas”.
Desde aquel momento, la pena dolorosísima de la negación queda en el olvido y
le ratifica aquella confianza de “tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré
mi iglesia…”
Tres
maneras de manifestarse y muchas más. A partir de la resurrección de Jesús y la
confesión de Pedro, nace un nuevo significado del término amor. El amor nace
del apoyo total y pleno que Cristo le da a mi vida. Ya no nace el amor de mi
convicción sino el amor viene de Él. Es Cristo la fuente divina del amor en mi
vida y que se irradia hacia los demás. Por lo tanto, el origen de donde mana el
verdadero amor es Cristo resucitado, es la nueva vida, es quien transforma la
naturaleza humana en un cuerpo divinizado y espiritualizado, naturaleza
material en naturaleza inmaterial.
Aquí
las palabras del premio nobel de física, Max Planck, quedan al descubierto
cuando dice “toda mi vida como científico he investigado la materia, y
finalmente puedo afirmar que, la materia no existe”. Porque en última instancia
la materia es energía, información, es vida, lo es todo. La misma ciencia se
inclina ante un fenómeno que no debe parecernos espectacular porque sucede en
la vida diaria de la naturaleza.
Cristo
nos dejó una bella enseñanza, y ese es un excelente acontecimiento, vivió la
sencillez de la cotidianidad. Como diría un niño cusqueño: “Papa, papito,
Taytacha de los Temblores, nunca te dejaremos, nunca te dejaremos”, palabras de
un niño con una fe de adulto. Y Jesús dice con palabras de adulto la fe de un
niño “Gracias, Padre, porque siempre me escuchas”.
Hay hechos que marcan
nuestra existencia. Momentos o situaciones en los cuales, nos encontramos de
frente a una realidad que nos sobrepasa. Ante ello, nos maravillamos o nos
angustiamos, nos alegramos o nos entristecemos; haciendo cambiar
espontáneamente nuestra manera de pensar, nuestra manera de ver o incluso
nuestra manera de actuar. Ante estos hechos hay que comprender la realidad, la
cual nos convierte en testigos o protagonistas de una experiencia o un hecho
vivido, un acontecimiento que nos ha marcado.
El gran acontecimiento de
Jesucristo, lo cual nos convierte en testigos de la resurrección de aquél que
ha muerto y vuelto a la vida por cada uno de sus hij@s. Es por ello que no
podemos ser indiferentes ante este hecho, sino que debe de marcar nuestras
vidas, pues es aquí donde se experimenta claramente la grandeza y la acción de
Dios omnipotente.
Al experimentar esta
grandeza, nos convertimos como María Magdalena, María (la madre de Santiago) y
Salomé, en testigos de la grandeza de Dios y más aún palpamos en el fondo de
nuestro corazón la resurrección de Jesucristo, pues aquél que es testigo, no
está llamado a tener una actitud pasiva, al contrario, está llamado a dar
testimonio de aquello que ha vivido, a compartir aquella experiencia que ha
hecho y más aún a dejarse cambiar por la mano bondadosa de un Dios,
omnipotente, que ha revivido para estar presente en cada instante de la vida.
Está llamado a transmitir
la alegría, a ser portador del gozo de haber experimentado el amor de un Dios,
que ha muerto, pero que hoy, más que nunca, ha resucitado. Quien hace esta
experiencia se convierte en testigo de la Resurrección, porque en cierto
sentido ha resucitado él mismo, ha resucitado ella misma. Entonces es capaz de
llevar un "rayo" de la luz del Resucitado en las diversas
situaciones: en las felices, haciéndolas más bellas y preservándolas del
egoísmo; y en las dolorosas, llevando serenidad y esperanza. (Papa Francisco,
21 de abril de 2014)
Las mujeres en el
sepulcro. Fueron a encontrar a un muerto, su viaje parecía inútil. También
ustedes van por el mundo a contracorriente: la vida del mundo rechaza
fácilmente la pobreza, la castidad y la obediencia. Pero, al igual que aquellas
mujeres, van adelante, a pesar de la preocupación por las piedras pesadas que
hay que remover. Y al igual que aquellas mujeres, las primeras que encontraron
al Señor resucitado y vivo, se abrazan a Él y lo anuncian inmediatamente a l@s
herman@s, con los ojos que brillan de alegría. (Homilía de S.S. Francisco, 2 de
febrero de 2018)