FUMADOR EMPEDERNIDO
Todo
empieza en casa, como la mayoría de vivencias que tiene uno desde que nace. Y
duró aproximadamente 40 años. Cuarto año de secundaria, tenía una relación de
respeto y cercanía con mi viejo, Istán. Él fumaba, recuerdo, desde que yo tenía
uso de razón. Por aquel entonces, algunos recordarán que, en muchos espacios
públicos, incluyendo el aula, los profesores fumaban. Aunque con mis compañeros
de aquel entonces, no fumábamos en el aula, lo hacíamos en mancha en la calle o
después de un partido de fulbito.
En
una fiesta familiar en casa. Me atreví a decirle a Istán, con cierto temor,
pero decidido ¿puedo fumar? Me miró, no noté ningún asombro, parece que ya
sabía, y dijo, claro. En el bolsillo de mi camisa, tengo una cajetilla, saca
los cigarrillos que quieras. Primera vez que fumaba en casa, por supuesto, con
roche delante de gente mayor. Imagínate, tenía la aprobación de mi viejo, y eso
parecía como si hubieras logrado algo muy importante en la vida adolescente.
No
se hablaba de fumadores. Nadie culpaba a nadie. Era algo casi cotidiano, en mi
ambiente, el fumar. No existía la información que tenemos ahora. Fumaba no para
controlar los nervios, ni para el frío, ni el hambre; simplemente, fumaba por
placer, por etiqueta social, sentirme especial haciendo de mono a la moda, eso
era todo, y era algo tan romántico que, todo era un rito, con horarios y
lugares específicos.
Me
encantaba la ensalada de lechuga, con algo de limón y vinagre blanco, me
alegraba el alma y el estómago, era como un bálsamo para mi organismo, no podía
faltar en mis comidas este plato. Con el tiempo comprendí, casi sin darme
cuenta que, era como un secreto para contrarrestar la nicotina en mi cuerpo. No
hay ningún estudio sobre esto, era mi medicina placebo, ya sabes que, todo
placebo funciona para quien cree, me gustaba y le daba el significado de
sanación.
Fumaba
en aquel entonces, Premier que, para mí, era más “agradable” que el Hamilton,
según mi apreciación de catador de tabaco. Para mí cuanto más fuerte el cigarrillo
mejor. El primero era más fuerte y con ello me gustaba “golpear”, que era
tragarse el humo y botarlo lentamente mientras se habla; el segundo, me daba
nausea. En comparación con algunos compañeros que fumaban, en mi caso, no había
mareos ni pérdida del equilibrio. Ojo, tampoco me hacía “volar” como algunos me
comentaban. Oler a tabaco era lo máximo.
Después
se descubrieron algunos estudios sobre los daños del fumar. Mi viejo hacía rato
había dejado de fumar, aunque en alguna fiesta el vicio volvía y yo era el
proveedor, Istán, si quieres fumar le decía, en el bolsillo de mi camisa tengo
algunos cigarrillos. Dicho y hecho, mi viejo fumando como chino en quiebra con
algunas copas, y zapateando como un chiquillo disfrutando del baile. Diversión
asegurada con cigarrillos y alcohol. La pasábamos bien. Buen trago y buena
comilona, no faltaba un patito “mechado”, pato frito en una olla llena de aceite,
que él mismo preparaba.
La
lucha interna para dejar de fumar. Mis hábitos diarios se reforzaban con
horarios establecidos. Después de cada comida, iba a mi cuarto, descubría mis
tesoros en botellas de PVM llenas de tabaco borronco, con ese nombre compraba
un mazo de hojas prensadas de tabaco puro, que me rendía unas 10 botellas de
plástico de PVM, aproximadamente para medio año, yo mismo los preparaba con
hojas finas para envolver azúcar. Papel de despacho lo llamaban en las tiendas.
Un papel casi transparente, excelente para el cigarrillo casero. Todo un
maestro preparando los puros.
Promesas
que se rompen por falta de voluntad. El vicio se adquiere poco a poco, como
jugando, y sin darme cuenta había comprobado que, cuando trataba de dejar el
cigarrillo me era difícil. Tenía lo que llaman las recaídas o el síndrome de la
abstinencia. Wow, qué complicado había sido dejar de fumar. Era una sensación
de angustia y desesperación. Una lucha interna permanente, era como un tira y
afloja. Avanzas y retrocedes. Lo logrado o casi logrado, volvía a cero para
“recuperar” la abstinencia de algunos días o semanas. Era el volver al vicio
como un desfogue emocional.
El
autoengaño. Dejaba cajetillas de cigarrillos a la vista, en mi habitación. Trataba
de engañar al cerebro o mejor dicho, buscaba engañarme a mí mismo. Curiosamente, dejaba alguna cajetilla o algún
cigarrillo a la vista y estaba calmado. Tranquilo, como diciéndome, nada te
falta, lo tienes a la vista, lo puedes fumar cuando quieras. Muy parecido, a los
experimentos que hacen con los niños dándoles caramelos y diciéndoles “no
toques nada”. Y los observan a ver qué hacen con las bandejas llenas de dulces.
Para comprobar si son capaces de posponer la recompensa inmediata. Te ofrecen
la tentación y te dicen que no lo hagas. Bien cojudo este jueguito.
Cansancio
para hacer deporte. Uno de los primeros síntomas, en mi caso, era que, a mí me
gustaba jugar fulbito con los patas del barrio, pero, después de unos 10
minutos de juego, estaba totalmente exhausto, cansadísimo, jadeando y buscando
donde sentarme. Lo mismo me pasaba cuando caminaba en una excursión o cuando
íbamos de campamento con la familia.
En
algunas oportunidades, iba caminando por la calle, y no me importaba sentarme
en alguna vereda para descansar, además, caminaba despacio para no cansarme, me
obligada a estar en movimiento, creo que esto fue mi salvación. No me rendía.
Me costaba comer, había perdido el apetito, más flaco no podía estar, había las
ganas de un cambio, pero muy poca fuerza de voluntad.
Rolando,
recuerdo que era un gran amigo, un excelente profesional, amante de la
naturaleza y de los paseos a pie por la montaña, pero, también era un
empedernido fumador, yo a su lado era un aprendiz, estuvo en Lima por una
infección pulmonar, que fue fulminante para su salud. Regresó para despedirse
de su familia y de algunos amigos. Estuve presente en sus últimos días, su voz
era muy bajita, hasta que finalmente la perdió, y lo perdimos para siempre.
Después
de muchos años de lidiar con mi vicio, y sin ninguna ayuda de terapia, simplemente
a fuerza de voluntad dejé el cigarrillo, me decía a mí mismo, tú te metiste en
el vicio, Mike, tú eres el único responsable de salir de esto, así que déjate
de huevadas, y para adelante. Después de cuarenta años, fue un despido doloroso
porque los recuerdos siempre regresaban. Y poco a poco, recompensándome por los
pequeños logros, ya es ahora parte de mis recuerdos.
Finalmente,
todo vicio personal empieza casi sin darnos cuenta, como jugando, entre broma y
broma, no pasa nada o simplemente hay que probar, etc. A mi me pasó con el cigarrillo,
a otros con la marihuana, la cocaína, el robo, los asaltos, el sexo
desenfrenado, las parejas tóxicas, el alcohol, etc. ¿Qué te puedo aconsejar? Nada.
Cada cual tiene su propia historia que contar y sus vicios que superar. Cada uno
es dueño de su materia corporal y de sus elecciones individuales. Déjate de
culpar a los demás, supérate a ti mismo cada día. Esa es tu historia que espero
que me la contarás.